miércoles, 27 de junio de 2012

La lumbre del engranaje.

 Pocos homo sapiens rondan las calles del conurbano sur a estas horas en la semana. En el bondi son unos diez los que vienen cansados de vivir un día de esos que será ignorado en sus biografías. Yo los veo y van como idos, el camino les resulta un trámite que como tal será más satisfactorio cuanto menos tiempo requiera.
 Parecen los perros chinos de los tacheros con sus cuellos moviéndose al ritmo de los baches de Mauricio. Su existir no les proporciona más oferta que el sinsabor de la rutina, parece. Es llegar a casa, comer una pizza y ver a Boca; mañana serán fideos, mañana será Marcelo.
 Aún asía todavía no han logrado condicionarnos tanto. Miro su mentón cayendo a cabezazos, miro sus ojos que se esconden tras la alternancia del ir y venir de sus parpados y ya puedo imaginar su biografía. La cocina de mamá, el cinto de papá, la colimba, las noches de elsieland, la soledad, las lagrimas que nunca caían, el hambre, el pan duro, su eterna compañera, la luz de su descendencia y la nieta, ese faro moderno que le dieron los últimos años; las nuevas y viejas razones para estar donde está. Sesenta y tres años de historia se dan a conocer junto con todas las fotos del living a través del ventanal de su mirada, es que las cicatrices hablan pero las heridas siguen gritando.
 Si le preguntan dirá que la vida le sonríe, que más no puede pedir, y yo que no soy más que otro pasajero del montón me quedaré pensando que debe tener razón. Nos llenaron el camino de piedras pero no logran arriarnos pal matadero, sabemos que los caminos nos conducirán sólo adónde queramos llegar y están en uno los pasos a seguir. Andando esa ruta no se trata de encandilar a nadie sino de que nuestras huellas alumbren el sendero.



Más que soplar, se trata de ser viento.Más que brillar, ser luz total que viene de adentro.Y voy, buscando la luz que me ilumina y que me da El pretexto más perfecto y el capricho de no aflojar...

viernes, 15 de junio de 2012

Ochenta y cinco cuentas grises

El tardío invierno llegó a los gritos. Copó las calles a pura represión. Tomó hasta las plazas sembrando dolor. Los más niños corrieron a sus refugios, los adultos se escondieron debajo de la alfombra, se asustaron hasta los jóvenes. Sólo unos pares permanecieron estoicos en sus posiciones como un acto ilimitado de coraje que pocos condecoraron.
 Hasta el momento no hay indicios de que el invierno haya recapacitado y tenga intenciones de dar marcha atrás en su ofensiva. Dicen que llegó para quedarse, que la cosa se va a poner cada vez peor, que algo así nunca se vió...
Aún así, los más serenos siguen creyendo que él sabe lo que hace, que tendrá sus motivos y que, de cualquier forma, no hay ejército que pueda vencer al tiempo.